sábado, 27 de abril de 2013

El otro 18A




Habían pasado un poco más de las siete de la tarde, me tomé el colectivo. Adelante mío se subió una viejita, llevaba una cacerola y una cuchara de madera, estaba despeinada y con bermudas.Nos bajamos juntas y caminamos un par de cuadras, le costaba un poco pero iba a paso firme. Me dejo  atrás. Era una más de las 30 mil personas que reunió el cacerolazo del 18 de abril en la quinta de Olivos. Nueve cuadras repletas de gente, y por sobre todo, de ancianos.
Sabía lo que buscaba, porque para entrevistar a las viejas de collares de perlas estaba Cynthia García. Lo encontré: gente sencilla, gente humilde, gente que no levantaba la bandera ni  de Macri, ni de Carrió, ni de De Narváez, ni los necesitaban.  No buscaban cámaras. Parecían sentir que habían hecho toda su vida y se las estaban robando.
Me acerqué como pude a la puerta de la quinta.Un tipo grande agitaba con cantos y todos a su alrededor formaban un circulo. ¿Quién era? No podía avanzar, pero me dio una espina cuando por una de las calles laterales a Maipú entró una murga y se ubicó a su lado. Enseguida reconocí a uno de los pibes que sostenía el bombo, vivía cerca de casa,en una villa muy chica que data desde la época del Japonés García y que nunca nadie se encargó de mejorar.
  No había globos y los carteles estaban pintados a mano, no era pintoresco como en el centro, tal vez por eso tampoco había cámaras, salvo un camarógrafo de TN,   y un rato de Telefé.
¿Qué era lo que hacía que en plena zona norte de Buenos Aires se abrazaran dos viejas de notoria diferencia de status social sin importar nada? Tenían  los ojos llorosos- Alcancé a escuchar la conversación: a la que parecíamás pobre le habían matado al hijo colectivero en la puerta de su casa en Villa Adelina.  La seguridad y la Justicia se habían encontrado en Olivos, o al menos, eso decían sus carteles, hechos en hojas de impresora y que se habían colgado del cuello con una cinta.
Dos cuadras más arriba una madre con su hijo en brazos sostenía una pancarta: “Dejame algo para cuando crezca”. Al lado se ubicaba otra, hecha con marcadores y sostenida por unos pibes con pinta de universitarios, en la que habían escrito “La corrupción mata a los más pobres”.
Seguí caminando.
-Como Evita no va a haber ninguna- escuché decir y me paralicé. -Ella lloraba por nosotros. Yo vivía en La Pampa, le escribíamos cartas y a los días nomás: el tren con ropa-.  Ya no había dudas: al Gobierno le estaba llorando una peronista de la línea de Eva, de las sentimentales, que no pudo llegar a pagar la luz del mes. Al gobierno le reclamaba una descamisada.
Probablemente nunca nadie del gobierno se entere (¿se interese?) lo que pensaba esta viejita peronista. Cámaras no había, adentro de la quinta sólo estaba el jardinero y el congreso estaba lejos. Las redes sociales, tan celosamente reservadas al público joven, estaban en su mambo, discutiendo la validez de las chicanas de 678. A nadie le importó la otra marcha, la otra realidad, la que duele.
O tal vez si, y este sea el comienzo.
Y si el lujo es vulgaridad, entonces en esta marcha lo austero se convirtió en auténtico, y lo auténtico en un signo de legitimidad.