Sabía lo que
buscaba, porque para entrevistar a las viejas de collares de perlas estaba
Cynthia García. Lo encontré: gente sencilla, gente humilde, gente que no levantaba
la bandera ni de Macri, ni de Carrió, ni
de De Narváez, ni los necesitaban. No
buscaban cámaras. Parecían sentir que habían hecho toda su vida y se las
estaban robando.
Me acerqué como
pude a la puerta de la quinta.Un tipo grande agitaba con cantos y todos a su
alrededor formaban un circulo. ¿Quién era? No podía avanzar, pero me dio una
espina cuando por una de las calles laterales a Maipú entró una murga y se
ubicó a su lado. Enseguida reconocí a uno de los pibes que sostenía el bombo,
vivía cerca de casa,en una villa muy chica que data desde la época del Japonés
García y que nunca nadie se encargó de mejorar.
No
había globos y los carteles estaban pintados a mano, no era pintoresco como en
el centro, tal vez por eso tampoco había cámaras, salvo un camarógrafo de TN, y un
rato de Telefé.
¿Qué era lo que hacía
que en plena zona norte de Buenos Aires se abrazaran dos viejas de notoria
diferencia de status social sin importar nada? Tenían los ojos llorosos- Alcancé a escuchar la
conversación: a la que parecíamás pobre le habían matado al hijo colectivero en
la puerta de su casa en Villa Adelina.
La seguridad y la Justicia se habían encontrado en Olivos, o al menos,
eso decían sus carteles, hechos en hojas de impresora y que se habían colgado
del cuello con una cinta.
Dos cuadras más
arriba una madre con su hijo en brazos sostenía una pancarta: “Dejame algo para
cuando crezca”. Al lado se ubicaba otra, hecha con marcadores y sostenida por
unos pibes con pinta de universitarios, en la que habían escrito “La corrupción
mata a los más pobres”.
Seguí caminando.
-Como Evita no va
a haber ninguna- escuché decir y me paralicé. -Ella lloraba por nosotros. Yo
vivía en La Pampa, le escribíamos cartas y a los días nomás: el tren con ropa-.
Ya no había dudas: al Gobierno le estaba
llorando una peronista de la línea de Eva, de las sentimentales, que no pudo
llegar a pagar la luz del mes. Al gobierno le reclamaba una descamisada.
Probablemente
nunca nadie del gobierno se entere (¿se interese?) lo que pensaba esta viejita
peronista. Cámaras no había, adentro de la quinta sólo estaba el jardinero y el
congreso estaba lejos. Las redes sociales, tan celosamente reservadas al público
joven, estaban en su mambo, discutiendo la validez de las chicanas de 678. A
nadie le importó la otra marcha, la otra realidad, la que duele.
O tal vez si, y
este sea el comienzo.
Y si el lujo es vulgaridad, entonces en esta marcha lo
austero se convirtió en auténtico, y lo auténtico en un signo de legitimidad.