Me tome el tiempo para visitar blogs de viajes
y similares, ahí estaban… saltando con
sus balis en alguna escalinata del Machu Pichu, sacándose fotos con niños
indios o en la quinta avenida frente a
tiendas carísimas que muy probablemente les hayan negado hasta la
entrada.
Entonces me decidí.
En mi blog no
habría Torres de Pizza, Eiffels o Plazas madrileñas, relataría mis viajes en colectivo,
trenes y subtes , mis paseos por el conurbano y la capital y mis visitas a
espacios e instituciones públicas.
O parte de ellos,
porque siempre llevo conmigo la incertidumbre de saber si llegaré a destino , o
si me atenderán como ciudadana.
De aquí en mas,
mis crónicas.
*
No quería salir
de casa, eran las 11 de la mañana y se me estaba haciendo tarde, estaba el
noticiero prendido y la pagina de La
Nación abierta, mi inconsciente se preparaba para indignaciones posteriores
Salí, a regañadientes,
pero salí. .El destino era Aduana Argentina, entre Antártida argentina y
Lituania, pleno Retiro.
Me tome el 19 y
el chofer me saludó, sospecho que, como a mí, le habré resultado familiar, era
de hacer ese mismo viaje todas las semanas y siempre lo postergaba para el mismo horario.
Llegué a la estación del Belgrano y algo me cautivó: estaba limpia, detalle no
menor para un peatón acostumbrado a patear montañas de basura. Una estación
limpia era algo digno de dejar asentado.
Me prendí un
pucho y me fijé la dirección del viento para posicionar el Marlboro de manera
que el humo no le llagase a la viejita con joroba que tenia a mi lado.
Me dio lástima
dejar la colilla en el suelo inmaculado, así que la apague y la tiré al tacho, en el
mismo momento en el que veía, desde lejos, el tren acercarse.
-Está hasta las
bolas-lamenté en voz alta al notar que había personas viajando en las
escaleras. Me salió del alma y sonó a quejido. La viejita de joroba me sonrió.
Conté los vagones
y me subí al quinto, porque si hay algo que aprendí es a no amontonarme en el
primero, no vaya a ser cosa que algún funcionario se burle de mi en conferencia
de prensa.
La sorpresa me la
lleve una vez adentro: había decenas de asientos vacios.
-Acá corre más
viento-le recriminó un pasajero al guardia que intentaba cerrar la puerta. Mas
viento y más peligro, pensé.
El guardia se fue
y los rebeldes volvieron a sentarse en la perta, pero eso ya no me indignaba
porque me había predispuesto a escuchar
el cántico de una nena que intentaba vender libritos para colorear. Lo rezaba
con una memoria que hubiese impresionado hasta al mismísimo Funes de Borges
Tenía 9 años y
era descendiente de alemanes, no me cabía dudas; ojos verdes, rubia, alta y
facciones que me recordaban a alguna virgencita provincial.
Nadie de ese vagón
le compró un librito y yo me quedé con el usual resentímiento hacia mi misma por no saber nunca que es lo
mejor, si darle o no plata, si llamar a esa línea para ¿denunciar? ¿ Denunciar
a quién? ¿A la chiquita? ¿A dónde se la llevan? ¿Y los padres? ¿Te atienden en
esa línea?
No se, no se que
hacer en esas situaciones y me pongo mal, muy mal.
Ahora estaba
dedicada a mirar por la ventana.
Mucho autos
nuevos, limpios y nuevos, me pregunté qué habrán costado , ¿ a cuestas de que teníamos
ese parque automotor impecable? Me pareció
obtener la respuesta en la cara del vendedor de medias, pero no estoy del todo
segura.
Enfrentada a mi
asiento una chica sostenía la mirada perdida, seguramente soñaba despierta. Tenía
cara de cansada, pero no de laburo, cansada de la vida. Cada tanto se agarraba
la cabeza, como si sueño fuese interrumpido por una pesadilla, o por la
realidad misma. Se bajo en Saldias.
Seguí mi rumbo porque todavía faltaba pasar
por atrás de la Villa 31. Pensé que no había vista más escalofriante que la
parte trasera de una villa, porque en si, el frente ya era desolador.
Llegué y me quedé
dos minutos sentada, seguía con la vista fija en la ventana, contemplando, esta
vez, gente amontonada, apurada, empujada. Caminaban al unísono cargando bolsos,
chicos e instrumentos.
Un tipo ofrecía
torta fritas a los gritos y un nene lloraba desconsolado. Yo lo entendía,
porque si hubiese llegado al mundo 6 meses atrás, también estaría aterrorizada
con las caras devastadas de los, ahora, ex pasajeros.
Afuera de la
estación me fue inevitable respirar profundo como quien sale invicto de una
batalla, o cuerdo de un loquero. En este caso, daba igual.
*
Conté unos siete
puestos de chucherías chinas antes de llegar a la esquina para cruzar la Avenida
Ramos Mejía.
El día pintaba
peronista y el puesto de patys y choripanes "La Argentina" lo galardonaba, así que me
senté en la plaza mirando la fuente de agua (ahora adornada con una especie de tótem,
antes adornada con 3 familias enteras viviendo en lo que podría denominarse
como tolderías).
Saque mi teléfono
y chusmee twitter: todo seguía igual, el blue había vuelto a subir, y se
puteaba a Cristina y a Macri con igual entonación.
Habían pasado
cinco minutos cuando se me acercó un barrendero, -Nena que haces acá? Rajá para
la vereda que tenés los ojos muy claros y te van a afanar todo- . Comprendí que
no era día para descansar, le hice caso y se me hizo eterno llegar al otro
punto de la plaza. Crucé.
Podría contarles de la Aduana, pero ¿para qué?
Los que conocen saben que todo en ese lugar, se siente, parece y hasta huele a
nido de ratas. Todo. Y los que no, bueno, no creo que quieran conocer un nido
de ratas, a menos , claro, que se sientan parte de la manada.
Volví haciendo malabares: dos cajas que no debían
caerse, la cartera adelante y los ojos para los costados. Pase por una carnicería
y apresuré el paso, me era físicamente imposible vomitar. Pasé por una
calle(¿calle?) de entrada a la 31. Disminuí el paso. Sonaba cumbia colombiana
de fondo y tres mujeres hablaban y una se sacaba una autofoto.
*
Si quería llegar
a mi casa lo antes posible debía tomar el tren que salía del andén 2, si quería
seguir escribiendo entonces debía tomarme el del andén 3, que recién llegaba. Y
es que Buenos Aires tiene mucho de eso, de libro en el que podes elegir tu
propia aventura.
Quise seguir escribiendo.
*
Ahora ya estoy
adentro, me senté del lado de la ventana como siempre, en los asientos
enfrentados. En diagonal una madre con su hijo comparten un pancho, en frente
un chico lee filosofía, y al lado mío un señor mayor con dolor de rodillas.
Arrancamos de
vuelta. Avanzamos más despacio que de costumbre y el traqueteo me duerme,
intento cerrar los ojos , pero el bocinazo y la rapidez con la que pasó el tren de ida me hicieron
saltar del asiento.
-Tranquila, no
pasa nada , te tenés que traer auriculares como yo, ves?
-¿auriculares?-
- Claro, acá en
el tren todos hacen eso, bah, en todos lados, la gente siempre hace oídos sordos
a los problemas-
Yo los dejo pensando la frase que me dijo el
viejito de al lado porque ahora estamos llegando a Aeroparque y me gusta ver
despegar a los aviones de Aerolíneas Argentinas. No veo ninguno. Despegan?
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